jueves, 23 de julio de 2026

Recuperar al consumidor del vino

La disminución del consumo de vino en Argentina ya no puede considerarse un fenómeno coyuntural. Se trata de una tendencia sostenida que preocupa a productores, distribuidores, comerciantes y consumidores. Ya en 2017 y 2023 había escrito sobre esta problemática, pero la realidad demuestra que el proceso continúa profundizándose.

Los datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) son contundentes. Mientras que durante las décadas de 1960 y 1970 el consumo superaba los 80 litros por habitante al año, alcanzando un récord de 87,5 litros en 1968, en la actualidad el consumo ronda apenas los 16 litros per cápita, el nivel más bajo de la historia reciente.



Hace cincuenta años el vino era parte de la vida cotidiana de los argentinos. Estaba presente en la mesa familiar, en los encuentros con amigos y en las celebraciones. Hoy ese escenario ha cambiado profundamente y resulta difícil imaginar un regreso a aquellos hábitos de consumo, debido a transformaciones culturales y sociales que parecen irreversibles.

Las causas de esta caída son múltiples. Por un lado, cambiaron los hábitos de consumo. Las nuevas generaciones privilegian bebidas más ligeras, existe una mayor preocupación por la salud y las políticas de alcohol cero también modificaron la forma en que las personas consumen bebidas alcohólicas. A ello se suma una competencia cada vez mayor por parte de la cerveza, el fernet, el gin y otras alternativas que han ganado espacio en el mercado.

Sin embargo, el aspecto económico también desempeña un papel determinante. La pérdida del poder adquisitivo redujo significativamente el presupuesto destinado al vino. Paradójicamente, frente a una disminución de las ventas, gran parte de la cadena comercial respondió con aumentos de precios que terminaron alejando aún más a los consumidores.

Hoy resulta difícil encontrar vinos de gama media y buena calidad por debajo de los $20.000. Esta realidad merece una reflexión, porque ese valor coloca al vino en el mismo rango de precios que bebidas espirituosas como un gin importado Beefeater, un Fernet Branca de 750 cc o incluso un Johnnie Walker Red Label, cuyo precio suele ubicarse alrededor o por encima de los $30.000.

La comparación es inevitable. Mientras una botella de vino normalmente se consume durante una comida o una reunión, una botella de gin, fernet o whisky permite preparar numerosas consumiciones. En consecuencia, el costo por ocasión de consumo resulta considerablemente menor para estas bebidas, haciendo que muchos consumidores las perciban como una mejor relación entre precio y rendimiento.

A esta situación se suma otro problema: el desorden comercial. Resulta difícil comprender cómo algunos supermercados venden determinadas etiquetas a precios inferiores a los ofrecidos por las propias bodegas, incluso durante promociones especiales. También existen diferencias significativas entre supermercados, vinotecas y canales de venta directa. Estas distorsiones generan confusión, deterioran la confianza del consumidor y terminan perjudicando tanto a productores como a comerciantes especializados.

La combinación de cambios culturales, pérdida del poder adquisitivo, precios elevados y una cadena comercial desordenada conforma una verdadera "tormenta perfecta" para la industria vitivinícola. Si no se adoptan medidas para corregir estos desequilibrios, es probable que continúen las dificultades económicas, aumenten los cierres de comercios especializados y desaparezcan bodegas que hoy ya enfrentan una situación crítica.

Frente a este escenario, la respuesta no puede limitarse a esperar una recuperación espontánea del mercado. Es necesario revisar la política de precios, reducir las distorsiones existentes en la cadena de comercialización y volver a ofrecer vinos con una relación precio-calidad que resulte atractiva para el consumidor.

Al mismo tiempo, los comunicadores del vino tenemos una responsabilidad ineludible: promover un consumo responsable, difundir etiquetas honestas y accesibles y contribuir a acercar nuevamente el vino a las nuevas generaciones. Defender al vino como Bebida Nacional no significa incentivar un mayor consumo, sino preservar una parte fundamental de nuestra identidad cultural mediante un consumo racional, responsable y económicamente accesible.

La recuperación del consumo no dependerá únicamente de producir grandes vinos. También requerirá que toda la cadena —bodegas, distribuidores, comercios y comunicadores— comprenda que el consumidor actual busca calidad, transparencia y precios razonables. Sin esa visión compartida, será muy difícil revertir una tendencia que ya lleva varias décadas y que amenaza uno de los símbolos más representativos de la cultura argentina.



 

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